viernes, 2 de enero de 2009

Fuegos de artificio.

Pérdida del apetito repentino, del plasmar lo sentido en un escrito, ensueño de pasado lejano, tan lejano como su joven edad le permitiera, tan lejano como su loca memoria le dejase recordar. 

Tan lejos como cuando disfrutaba de los cohetes asomando la cabeza entre la barandilla del puente, tras haberse colodao entre las piernas de una enfervorecida multitud, ávida de espectáculos sonoro multicolor, y miraba más allá de las explosiones, veía el caer vertiginoso de los palos que sujetaban los cohetes, q los alzaba rectos hasta el cielo y una vez realizado su  función caían al espacio, luego a la tierra, sin que nadie le diera las gracias, o reconociese su papel, protagonismo cruelmente robado por la pólvora. 

Él siempre pensó en ellos, en como darle las gracias por tan maravilloso espectáculo, sabía que lo que mas le gustaba a los palos de los cohetes artificiales, los cohetespalos era el momento en el q estaban en lo más alto. Un día, día siguiente de los artificios de San Juan, se levantó temprano y recogió tantos cohetepalos como pudo, los guardo en la mochila cogió su vieja motoretta y volvió a casa.

Varios días después los palos volvían a volar muy alto, pero no caían, permanecían planeando en el gris cielo nublado de la urbe, convertido en cometas, simples cometas atadas a la barandilla de la azotea del piso de nuestro muchacho, que desde abajo miraba a lo alto, satisfecho, sintiendo haber hecho una gran obra de caridad en recompensa por la maravilla de los fuegos de artificio.

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